Por María Cristina Pantoja, Psicóloga y voluntaria.

Comencé mi desarrollo profesional en un camino muy diferente, de la mano de la Ingeniería. Titulada, trabajé muchos años en el ámbito privado financiero. En un momento clave y crítico en mi vida tomé la decisión de estudiar Psicología porque era lo que deseaba hacer por un poco más de diez años. Atravesar por esta experiencia cambió mi forma de ver el mundo, cambió mis prioridades y cambió la proyección que había trazado para mi vida.  La psicología logró que yo derribara un paradigma para unirme a otro. El paradigma de vivir la vida que soñamos, si bien no tiene por qué ser perfecta, sí se puede acercar bastante a la realización personal.

El tránsito y la evolución dentro del quehacer como psicóloga clínica ha estado lleno de dificultades, mi visión frente a ello es que no es un camino fácil. Por un lado la sequía de políticas públicas en el ámbito de la Salud Mental invisibiliza la necesidad de atención que existe en la gente.  Las personas vamos internalizando cada vez más los cambios socio-culturales en desarrollo y por lo tanto, nos atrevemos a mirar el despertar de dichos cambios a un nivel más íntimo. Temas como la violencia de género, la homosexualidad, lo transgénero son temáticas que  emergen en la consulta, no como situaciones que se deben asumir, sino para integrar y comenzar a vivir una vida más auténtica, más gratificante, más libre.  La falta de acceso a la atención en Salud Mental es otra de las dificultades importantes, frente a un amplio espectro de morbilidad, con diferentes niveles de gravedad; el sistema público no abastece todas las necesidades, las consultas privadas son costosas y los planes de salud insuficientes.

¿Por qué quería tanto convertirme en psicóloga? Yo no sabía nada de esta realidad, me enteré cuando comencé a atender pacientes en diferentes ámbitos; liceos, universitarios, particular y en la ONG. Se ha mantenido una constante; las personas se sienten muy solas. No tienen a quien contarle sus problemas más íntimos y profundos. Como psicólogo, estas personas te otorgan el privilegio de ver su mundo, desconocido incluso para ellos, y de acompañarlos en el proceso de ir desenredando el entramado de experiencias dolorosas, ideas autoflagelantes, patrones vinculares limitantes, atravesar cada estadio del modo más delicado y gentil posible para llegar al punto en que sean capaces de descubrir su propia luz.

Ese momento para mi no tiene precio. Ese momento hace que valga la pena haber dejado atrás la comodidad de un empleo asalariado con beneficios corporativos y poder adquisitivo. Yo no sabía porqué quería tanto ser psicóloga, hasta que mis queridos pacientes me lo mostraron.

Tengo la tremenda suerte de ser voluntaria de Psicólogos Voluntarios de Chile, me encuentro con un grupo de personas apasionadas y comprometidas con esta idea loca del ser psicólogos. No queremos cambiar al mundo, nos conformamos con ayudar a otros a cambiar su propio mundo.

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